
En pleno sol la piedra parece tomar un descanso cuando el hombre llega. Éste, resuelto, se sienta junto a ella. Todo está blanco, muy blanco. Como si al cielo se le hubiera derramado la témpera blanca sobre la tierra. Así de blanco.
- Usted está muy blanca hoy, señora piedra. Casi no la puedo ver – dijo el hombre viendo, con ojos entornados, la blancura que se desprendía de la piedra. También observa todo su entorno. - La verdad es que no es sólo usted. Todo está blanco. Muy blanco. Como si al sol se le ocurriera, de repente, a pleno día, prender todas las luces.
Luego de mucho observar a la piedra, al mundo, a las dos cosas que no tenían punto divisorio, lo entendió.
- Ya lo entendí, señora piedra. Usted es blanca. Muy blanca, hasta que apagan la luz.
Entonces, el hombre, al levantarse e irse, apagó la luz; pero no terminó de irse. Se volvió hacia la oscuridad, caminó, tanteó un poco, y se sentó junto a la piedra negra a comer un repentino ponquecito.
- Usted está muy negra hoy, señora piedra.
- Usted está muy blanca hoy, señora piedra. Casi no la puedo ver – dijo el hombre viendo, con ojos entornados, la blancura que se desprendía de la piedra. También observa todo su entorno. - La verdad es que no es sólo usted. Todo está blanco. Muy blanco. Como si al sol se le ocurriera, de repente, a pleno día, prender todas las luces.
Luego de mucho observar a la piedra, al mundo, a las dos cosas que no tenían punto divisorio, lo entendió.
- Ya lo entendí, señora piedra. Usted es blanca. Muy blanca, hasta que apagan la luz.
Entonces, el hombre, al levantarse e irse, apagó la luz; pero no terminó de irse. Se volvió hacia la oscuridad, caminó, tanteó un poco, y se sentó junto a la piedra negra a comer un repentino ponquecito.
- Usted está muy negra hoy, señora piedra.
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