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miércoles, junio 30, 2010

Escuchen a Eshun.

Me causa cierta lástima cuando veo a esas parejitas que dicen amarse, pero temen tomarse la mano en público. Que el amor y las pasiones son cosas privadas, dicen, de la intimidad. Que el cariño y el afecto no es para mostrarlo en público. Ni un beso en la mejilla, ni una sonrisa bien sembrada.

El efecto resulta más terrible cuando los individuos de esa pareja que estoy viendo son capaces de mostrar más afecto a otras personas que a aquella que profesan amar.

Que tienen miedo de amar abiertamente, parece. Que tienen pena de que los vean así, tontos, como puede poner a uno el delicioso delirio. Qué tontería.

Por eso les preguntaba, hace rato, si habían oído hablar de Eshun:

" Veinte monjes y una monja llamada Eshun estaban practicando meditación con un maestro Zen.
Eshun era muy bonita a pesar de que llevaba la cabeza rapada y un vestido sencillo. Varios monjes se enamoraron secretamente de ella. Uno de ellos le escribió una carta de amor en la que insistía que se vieran a solas.
Eshun no respondió. Al día siguiente el maestro dio una charla al grupo y cuando hubo terminado Eshun se levantó. Dirigiéndose al que le había escrito, le dijo: -Si realmente me amas, ven y abrázame ahora.-" Nada Sagrado, página 23.

Sea el amor, quizá, el lugar común mejor amoblado. Ya quítense el sombrero.


lunes, noviembre 24, 2008

La luna en el agua 07



A la que siempre vuelve.

Seguramente, para algunos resulta evidente que el origen de esta nota es el tan sonado capítulo 7 de Rayuela, célebre novela de Julio Cortázar. La verdad es que sí, en un punto de partida, fue ese capítulo el que me llevó a escribir sobre la luna. Pero así como muchas otras cosas, como cuando el capítulo 7 dejo de ser mi favorito para ceder el paso al 93 “Pero el amor… esa palabra”; esta serie de notas pasó por muchas lunas, de muchos colores, como dice aquél haiku.

A mí, la luna en el agua, el espejo reflejado en el espejo, me recuerda a una imagen que solía ver cuando, de pequeño, me cortaban el cabello: habían espejos tanto frente a mí como detrás de mí, entonces podía ver una escena en donde mi ser, y todo lo que me rodeaba, era repetido infinitamente en el reflejo del espejo en un espejo. Estaba, sin duda, contemplando el infinito, ergo, estaba frente a Dios. Estuve masticando esta idea hasta ya adulto y aún no me la saco del sistema, mucho menos cuando leí, hace ya un tiempo, el mencionado capítulo. Desde entonces me he refugiado en la idea de que, tanto en la imagen de un espejo reflejando a un espejo, o la imagen de una cámara grabando lo mismo que refleja, o en un buen beso, estabas frente a la presencia del infinito, por lo tanto, de Dios.

En la luna en el agua sentí la divinidad, y la certeza de que estamos mucho más juntos de lo que pensamos.

Carlos J. Díaz
Kaze





Para cerrar, les regalo un cuento del budismo chan, que nos trae la luna de china.

Había una vez tres maestros chan llamados Yen Tou, Hsueh Feng y Chin Shan, que se reunieron para tener una charla. Señalando un cubo lleno de agua limpia, Hsueh Feng intentó hacer un comentario, pero Chin Shan se le adelantó recitando el siguiente verso “La luna llena está en el agua clara”.
Al oír esto, Hsueh Feng protestó diciendo “En el agua clara no hay luna llena”
El siguiente fue Yen Tou. Sin decir una palabra, dio una patada al cubo y se marchó.

miércoles, julio 02, 2008

Luciérnagas




Mientras libaba – dícese del acto de beber – solo, tal cual Li Po con la luna, me dispuse a leer unos cuantos haikus. Luego de un rato de pasearme entre los momentos que tales poemas te presentan en su comprimida forma me dispuse a reflexionar un poco acerca de ellos.


Para aquellos que no lo sepan aún, un haiku es un poema, o estructura de poema, que proviene de la lejana tierra del sol naciente, y que consta de tres versos compuestos de 5, 7 y 5 sílabas, respectivamente. Esta estructura hace que la rima sea un dolor de partes poco agradables de nombrar, por lo tanto, hasta el sol de hoy, no he visto nunca un haiku con rima. Sin embargo, es ésta misma estructura la que los hace muy melodiosos. Leer un haiku es tocar una cuerda del Koto. Con todo esto, mientras seguía leyendo, notaba algo interesante a pesar de tener muy mal sabor: muchas veces un haiku traducido al español sonaba como tres oraciones puestas, una detrás de la otra, respetando una relación semántica: no tenían verdadera esencia. En la mayoría de los casos, esto sucedía con traducciones que, por razones lógicas que contemplan la dificultad de relación entre los dos idiomas, no respetaban la métrica tan estricta del haiku. No eran estos ni remotamente parecidos a los haikus traducidos por Octavio Paz, quién trato siempre de cuidar la métrica; los escritos por el mismo Benedetti, quién al no necesitar traducción no tuvo ningún problema; o los leídos en el idioma original, que a pesar de no entenderse… amigos, la melodía de un buen poema habla sola.
Bashô, uno de los máximos exponentes de este género, dijo alguna vez que “un haiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento”. Con esas palabras pude vislumbrar un poco las razones del dilema planteado. Un haiku tiene algo de mágico. Es, sin duda alguna, sin alusión a metáfora, un momento congelado en palabras. Cada vez que lees un haiku, destapas el momento que, si tienes suficiente sensibilidad y percepción, te dará la oportunidad de la contemplación verdadera. Algo muy relacionado a la meditación y el budismo, si uno lo piensa un poco.
Después de eso se me hizo claro: lo que le pasa a esos haikus que pierden su esencia es que, al traducirlos, el momento que la magia de las palabras ha contenido en la inmortalidad se ha escapado al deformar su contenedor. Al final de cuentas, un haiku es un momento como una luciérnaga inmortal, que ha sido atrapada en una botella, inmaculada e inquebrantable, de palabras.
Aquí anexo algunos intentos garrapateados (Palabra copyright de Cesar Chirinos) de haikus que he sentido.



1

Tumba del viento.
Cuando este se muera,
Un árbol será.




2

Fotografía
Tumbada entre sábanas


Ella sonríe.



3

Las papas verdes
Yo ni sé si son papas
Ni si son verdes




4

Diosa del cielo
Entre jazmín y bosques
Nut Nuit siempre es.


5
La Anaranta
Camina por las selvas
Y besa el árbol.




6

Espesa pena
Embarra mi corazón
Que no respira.




7

Todos tímidos
Ahí se quedan los sueños
Viendo la vida pasar



Carlos J. Díaz
"kaze"

lunes, diciembre 10, 2007



El sonido de una mano aplaudiendo.

Hay una historia famosa que es ya característica del zen: Un joven monje intenta resolver el acertijo planteado por su maestro, que versa así “¿Cuál es el sonido de una mano aplaudiendo?”. Ciertamente el monje se sintió frustrado ante la pregunta, y no pudo responderla en el tiempo previsto. El maestro, ante la derrota de su pupilo, le da una prórroga de un mes. Pero el joven monje vuelve a fracasar, haciendo que el maestro le dé otra prórroga de una semana; y al fallar de nuevo el monje, le da otra prórroga de 3 días con la condición de, el pupilo errara nuevamente, se matara.



El cuento afirma que el joven monje, al final de segundo día, se iluminó. Pero como buen cuento zen nos oculta la respuesta resuelta por el alumno. Ahora bien. Yo me he puesto a pensar en este acertijo, cual joven monje, con la condición de matarme al no poder resolverlo al tercer día.



No sé muy bien si fue porque la muerte y yo no nos hemos querido conocer – vivimos muy ocupados, entenderán - o si porque, abiertamente confieso, me quería comer otra hamburguesa antes de morir; logré dar con tres respuestas:

1) Con los deditos y la cuenca de la palma se puede generar una pequeña palmadita (yo tengo los dedos algo largos), por lo que puede ser considerada el sonido de una mano aplaudiendo, mas no haciendo una soberbia ovación.



2) Agitando la mano fuertemente, tal como si se aplaudiera con dos manos, se puede generar un dulce susurro en el viento; y si uno tiene suerte hasta se puede entender una que otra palabra – generalmente quejas – que la mano regala a nuestra existencia. Ese también podría ser considerado el sonido de una mano aplaudiendo



3) Para el bien de mi ego, también puedo decir que el sonido de una mano aplaudiendo es sentarse. En este momento no sabría si un maestro zen me felicitaría o me golpearía con una vara de madera. Las dos vienen muy bien.



Pero confieso que la respuesta que más me satisface es la cuarta. (Sí, sé muy bien que nunca mencioné una cuarta. No lo niego, se me acaba de ocurrir). La respuesta número 4 es la siguiente:



4)










Kaze.