Mostrando entradas con la etiqueta koan. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta koan. Mostrar todas las entradas

miércoles, junio 30, 2010

Escuchen a Eshun.

Me causa cierta lástima cuando veo a esas parejitas que dicen amarse, pero temen tomarse la mano en público. Que el amor y las pasiones son cosas privadas, dicen, de la intimidad. Que el cariño y el afecto no es para mostrarlo en público. Ni un beso en la mejilla, ni una sonrisa bien sembrada.

El efecto resulta más terrible cuando los individuos de esa pareja que estoy viendo son capaces de mostrar más afecto a otras personas que a aquella que profesan amar.

Que tienen miedo de amar abiertamente, parece. Que tienen pena de que los vean así, tontos, como puede poner a uno el delicioso delirio. Qué tontería.

Por eso les preguntaba, hace rato, si habían oído hablar de Eshun:

" Veinte monjes y una monja llamada Eshun estaban practicando meditación con un maestro Zen.
Eshun era muy bonita a pesar de que llevaba la cabeza rapada y un vestido sencillo. Varios monjes se enamoraron secretamente de ella. Uno de ellos le escribió una carta de amor en la que insistía que se vieran a solas.
Eshun no respondió. Al día siguiente el maestro dio una charla al grupo y cuando hubo terminado Eshun se levantó. Dirigiéndose al que le había escrito, le dijo: -Si realmente me amas, ven y abrázame ahora.-" Nada Sagrado, página 23.

Sea el amor, quizá, el lugar común mejor amoblado. Ya quítense el sombrero.


lunes, diciembre 10, 2007



El sonido de una mano aplaudiendo.

Hay una historia famosa que es ya característica del zen: Un joven monje intenta resolver el acertijo planteado por su maestro, que versa así “¿Cuál es el sonido de una mano aplaudiendo?”. Ciertamente el monje se sintió frustrado ante la pregunta, y no pudo responderla en el tiempo previsto. El maestro, ante la derrota de su pupilo, le da una prórroga de un mes. Pero el joven monje vuelve a fracasar, haciendo que el maestro le dé otra prórroga de una semana; y al fallar de nuevo el monje, le da otra prórroga de 3 días con la condición de, el pupilo errara nuevamente, se matara.



El cuento afirma que el joven monje, al final de segundo día, se iluminó. Pero como buen cuento zen nos oculta la respuesta resuelta por el alumno. Ahora bien. Yo me he puesto a pensar en este acertijo, cual joven monje, con la condición de matarme al no poder resolverlo al tercer día.



No sé muy bien si fue porque la muerte y yo no nos hemos querido conocer – vivimos muy ocupados, entenderán - o si porque, abiertamente confieso, me quería comer otra hamburguesa antes de morir; logré dar con tres respuestas:

1) Con los deditos y la cuenca de la palma se puede generar una pequeña palmadita (yo tengo los dedos algo largos), por lo que puede ser considerada el sonido de una mano aplaudiendo, mas no haciendo una soberbia ovación.



2) Agitando la mano fuertemente, tal como si se aplaudiera con dos manos, se puede generar un dulce susurro en el viento; y si uno tiene suerte hasta se puede entender una que otra palabra – generalmente quejas – que la mano regala a nuestra existencia. Ese también podría ser considerado el sonido de una mano aplaudiendo



3) Para el bien de mi ego, también puedo decir que el sonido de una mano aplaudiendo es sentarse. En este momento no sabría si un maestro zen me felicitaría o me golpearía con una vara de madera. Las dos vienen muy bien.



Pero confieso que la respuesta que más me satisface es la cuarta. (Sí, sé muy bien que nunca mencioné una cuarta. No lo niego, se me acaba de ocurrir). La respuesta número 4 es la siguiente:



4)










Kaze.