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lunes, noviembre 24, 2008

La luna en el agua 07



A la que siempre vuelve.

Seguramente, para algunos resulta evidente que el origen de esta nota es el tan sonado capítulo 7 de Rayuela, célebre novela de Julio Cortázar. La verdad es que sí, en un punto de partida, fue ese capítulo el que me llevó a escribir sobre la luna. Pero así como muchas otras cosas, como cuando el capítulo 7 dejo de ser mi favorito para ceder el paso al 93 “Pero el amor… esa palabra”; esta serie de notas pasó por muchas lunas, de muchos colores, como dice aquél haiku.

A mí, la luna en el agua, el espejo reflejado en el espejo, me recuerda a una imagen que solía ver cuando, de pequeño, me cortaban el cabello: habían espejos tanto frente a mí como detrás de mí, entonces podía ver una escena en donde mi ser, y todo lo que me rodeaba, era repetido infinitamente en el reflejo del espejo en un espejo. Estaba, sin duda, contemplando el infinito, ergo, estaba frente a Dios. Estuve masticando esta idea hasta ya adulto y aún no me la saco del sistema, mucho menos cuando leí, hace ya un tiempo, el mencionado capítulo. Desde entonces me he refugiado en la idea de que, tanto en la imagen de un espejo reflejando a un espejo, o la imagen de una cámara grabando lo mismo que refleja, o en un buen beso, estabas frente a la presencia del infinito, por lo tanto, de Dios.

En la luna en el agua sentí la divinidad, y la certeza de que estamos mucho más juntos de lo que pensamos.

Carlos J. Díaz
Kaze





Para cerrar, les regalo un cuento del budismo chan, que nos trae la luna de china.

Había una vez tres maestros chan llamados Yen Tou, Hsueh Feng y Chin Shan, que se reunieron para tener una charla. Señalando un cubo lleno de agua limpia, Hsueh Feng intentó hacer un comentario, pero Chin Shan se le adelantó recitando el siguiente verso “La luna llena está en el agua clara”.
Al oír esto, Hsueh Feng protestó diciendo “En el agua clara no hay luna llena”
El siguiente fue Yen Tou. Sin decir una palabra, dio una patada al cubo y se marchó.

jueves, octubre 16, 2008

The western world has rejected the western world

"Reviéntale los dientes contra una pared" Me dijo que le dijo a su hijo después de que éste, con un incisivo roto, le explicó el por qué ya no tiene su sacapuntas y el juego de colores que ella le compró "con su dinero que tanto le había costado ganar". Yo, no dejándole ver como morí un poco por dentro, me limité a seguir escuchándola.

- Es así – Dijo – es que mi hijo es muy pendejo. Se deja quitar las cosas por los compañeritos de clase. Me dice, el muy bobo, que se los presta porque no tiene nada. Y yo le digo “Antonio, pero eso no es mi culpa. Yo te compré esas cosas a ti con mi dinero y eso me cuesta mucho trabajo. No me importa que ese niño no tenga nada, de ese niño se tiene que ocupar su madre y no tú”. ¿Has visto, chico? Es que todavía no tiene la malicia que se necesita para vivir.

- Pero no le mates la nobleza, así no – Dijo un compañero de trabajo que también escuchaba el discurso – Enséñale a ser malicioso, pero no le mates la nobleza. Es por eso que el sueño de los cuentos de hadas de Disney no se cumplen.

- Ay no, yo no quiero un Peter Pan ni un bicho ahí de colores ni nada. Eso es bonito es pa’ verlo. El mundo de hoy funciona muy – y mientras decía ese “muy”, taladraba el oído con la agudeza del tono – distinto.

Cerré los ojos por un instante y, como gota en el agua, caí en el futuro. El niño ya ha crecido y le ha echado agua, todos los días, a la semilla que plantó su madre ese día que le enseñó cómo vivir. Sin embargo, algo no cuadra, el suelo en donde está sembrada esa semilla no parece fértil: su corazón pendejo es demasiado noble. Todo él es contradicción, todo él es choque.
Quiere y no quiere, hace y no hace, y de tanto ir y venir no le queda de otra.

Entonces…