"Reviéntale los dientes contra una pared" Me dijo que le dijo a su hijo después de que éste, con un incisivo roto, le explicó el por qué ya no tiene su sacapuntas y el juego de colores que ella le compró "con su dinero que tanto le había costado ganar". Yo, no dejándole ver como morí un poco por dentro, me limité a seguir escuchándola.
- Es así – Dijo – es que mi hijo es muy pendejo. Se deja quitar las cosas por los compañeritos de clase. Me dice, el muy bobo, que se los presta porque no tiene nada. Y yo le digo “Antonio, pero eso no es mi culpa. Yo te compré esas cosas a ti con mi dinero y eso me cuesta mucho trabajo. No me importa que ese niño no tenga nada, de ese niño se tiene que ocupar su madre y no tú”. ¿Has visto, chico? Es que todavía no tiene la malicia que se necesita para vivir.
- Pero no le mates la nobleza, así no – Dijo un compañero de trabajo que también escuchaba el discurso – Enséñale a ser malicioso, pero no le mates la nobleza. Es por eso que el sueño de los cuentos de hadas de Disney no se cumplen.
- Ay no, yo no quiero un Peter Pan ni un bicho ahí de colores ni nada. Eso es bonito es pa’ verlo. El mundo de hoy funciona muy – y mientras decía ese “muy”, taladraba el oído con la agudeza del tono – distinto.
Cerré los ojos por un instante y, como gota en el agua, caí en el futuro. El niño ya ha crecido y le ha echado agua, todos los días, a la semilla que plantó su madre ese día que le enseñó cómo vivir. Sin embargo, algo no cuadra, el suelo en donde está sembrada esa semilla no parece fértil: su corazón pendejo es demasiado noble. Todo él es contradicción, todo él es choque.
Quiere y no quiere, hace y no hace, y de tanto ir y venir no le queda de otra.
Entonces…
- Es así – Dijo – es que mi hijo es muy pendejo. Se deja quitar las cosas por los compañeritos de clase. Me dice, el muy bobo, que se los presta porque no tiene nada. Y yo le digo “Antonio, pero eso no es mi culpa. Yo te compré esas cosas a ti con mi dinero y eso me cuesta mucho trabajo. No me importa que ese niño no tenga nada, de ese niño se tiene que ocupar su madre y no tú”. ¿Has visto, chico? Es que todavía no tiene la malicia que se necesita para vivir.
- Pero no le mates la nobleza, así no – Dijo un compañero de trabajo que también escuchaba el discurso – Enséñale a ser malicioso, pero no le mates la nobleza. Es por eso que el sueño de los cuentos de hadas de Disney no se cumplen.
- Ay no, yo no quiero un Peter Pan ni un bicho ahí de colores ni nada. Eso es bonito es pa’ verlo. El mundo de hoy funciona muy – y mientras decía ese “muy”, taladraba el oído con la agudeza del tono – distinto.
Cerré los ojos por un instante y, como gota en el agua, caí en el futuro. El niño ya ha crecido y le ha echado agua, todos los días, a la semilla que plantó su madre ese día que le enseñó cómo vivir. Sin embargo, algo no cuadra, el suelo en donde está sembrada esa semilla no parece fértil: su corazón pendejo es demasiado noble. Todo él es contradicción, todo él es choque.
Quiere y no quiere, hace y no hace, y de tanto ir y venir no le queda de otra.
Entonces…