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viernes, noviembre 05, 2010

Clavos

Harapiento y pensativo en su tiendita, el gigante que vende clavos en la última esquina del pueblo se lamentaba del eterno dolor debajo del omóplato izquierdo. Nada grave, le dijeron la única vez que quiso preguntar a la única persona que se atrevió a verlo, ese día sólo. Su magnífica corpulencia, su rostro entablado así como su engramada piel hacían a cualquiera dudar del contacto sano; pero quizá lo más atractivo y repulsivo de su apariencia era esa maña de tener 6 clavos, del tamaño de un antebrazo tuyo o mío, a medio clavar en el lado izquierdo de su espalda.
“13 clavos como para un gabinete de cocina, por favor” y con un “Ay” largo y tendido alcanzaba el pedido y lo entregaba sin problemas. “¿No tendrá dos clavos como para arreglar este dilema?” decía aquél señor con la muñeca de trapo rota en la mano derecha, y la niña llorando en la izquierda. “Ay” decía el gigante, quizá por el llanto, quizá por algo de antes, y mientras entregaba los instrumentos alargaba el quejido extenso como el chirrido de una puerta en la noche que mueve el viento y nunca termina de abrir.

Así sus días hasta aquella noche en la que encuentra esa cosita, pequeñita, mojada, arrugadita y congelada en el pórtico de su casa. “¿Quién es, qué es esto?” se preguntó, y nada, era una bella criaturita, quizá una estrella caída, un angelito perdido, un pedazo de luz del sol que se perdió durante la procesión diurna. Yacía ahí, dormida, y con suma delicadeza la agarró el gigante, una de sus manos la cama, y la otra la cobija, la metió dentro de su casa y junto al fuego la observó dormir.

Al siguiente día despertó la criatura, contenta saltó de la mano del gigante y lo cubrió de besos en agradecimiento. Sabía la criaturita que él había sido su cama y su cobijo, su cura de quién sabe qué mal que ahora no importa, y notó sus clavos en la espalda. Subió, como pudo, a sus hombros y se los quedó mirando rato. No dijo nada ¿podría hablar?, se bajó y le sonrió al gigante, éste rompió su entable y, sin más, sonrió de vuelta.

Muy contento vendió el gigante ese día. En ese momento, el que llegara con su tormento saldría desenredado; el gigante por clavos alado entregaba lo que necesitaba la gente. Ahí, muy convincente, estaba también la criatura, buen semblante, sonrisa pura, ayudaba al gigante en su faena. Terminó el día sin penas y llegaron, de nuevo, a casa.

Buena comida, algunas historias antes de la cama, y el gigante se sienta, de nuevo, junto al fuego, extiende su mano y la criatura salta, duerme tranquila mientras el gigante cuida que nunca jamás le pase nada.

El día siguiente, sin embargo, no había trabajo. Como regalo por el magnífico día el gigante decidió pasear a la criatura, la llevó al río a ver árboles y mariposas; la llevó a que su sonrisa compitiera con las bellezas de naturaleza, convencido de tener en sus manos la apuesta ganadora. Pero la risa y la felicidad son extenuantes y dos noches sin dormir habían garantizado un largo sueño al gigante de los clavos: se durmió, subiendo y bajando el telón de sus ojos, mientras veía, a ratos primero, a pestañeos pesados luego, a su feliz criatura saltando cerca del río. Durmió.

Un chirrido lo despertó, el agudo grito del águila que, cuando caza, anuncia su victoria. Volvió a cerrar los ojos, los abrió con sobresalto, un charco de sangre junto al río y plumas, por ningún lado su hermosa, y un ave volando con dificultad, con peso, por allá a lo lejos. “Ay” largo, larguísimo, arrastrado con sus pasos hasta llegar a su casa. Forjó el mejor de los clavos, del tamaño de un antebrazo tuyo o mío, lo puso en el suelo boca arriba y, extendiendo los brazos, se dejó caer sobre el séptimo clavo de su espalda.

Harapiento y pensativo en su tiendita, el gigante que vende clavos en la última esquina del pueblo se lamentaba del eterno dolor debajo del omóplato izquierdo. Nada grave, le dijeron la única vez que quiso preguntar a la única persona que se atrevió a verlo. Nada grave, señor, es sólo el recuerdo.

miércoles, junio 24, 2009

El hombre y la piedra III



En pleno sol la piedra parece tomar un descanso cuando el hombre llega. Éste, resuelto, se sienta junto a ella. Todo está blanco, muy blanco. Como si al cielo se le hubiera derramado la témpera blanca sobre la tierra. Así de blanco.

- Usted está muy blanca hoy, señora piedra. Casi no la puedo ver – dijo el hombre viendo, con ojos entornados, la blancura que se desprendía de la piedra. También observa todo su entorno. - La verdad es que no es sólo usted. Todo está blanco. Muy blanco. Como si al sol se le ocurriera, de repente, a pleno día, prender todas las luces.

Luego de mucho observar a la piedra, al mundo, a las dos cosas que no tenían punto divisorio, lo entendió.

- Ya lo entendí, señora piedra. Usted es blanca. Muy blanca, hasta que apagan la luz.

Entonces, el hombre, al levantarse e irse, apagó la luz; pero no terminó de irse. Se volvió hacia la oscuridad, caminó, tanteó un poco, y se sentó junto a la piedra negra a comer un repentino ponquecito.

- Usted está muy negra hoy, señora piedra.

lunes, junio 22, 2009

Por estos soles (4)




Por estos soles no hay demasiadas ranas, a diferencia de los soles de Japón, que parecen llorar renacuajos de cuando en cuando. Claro, no será raro encontrarlas si das una caminata por las riberas del lago; aquellas que, nutridas de follaje anfibio, ofrecen refugio a los cantantes de los estanques.

Ahora, lo que es la ciudad está desprovista de ranas y sapos: el sol, o los chinos de la ciudad, no las dejarían vivas por mucho tiempo. Con esta condición poco anfibia resulta extraño escuchar a Aníbal Rodríguez, por mucho uno de los mejores cuenteros de la ciudad, si no el mejor; cuando relata la historia, quizá conocida ya por muchos, del sapo y la princesa.

No, no es éste el típico cuento de la rana que es besada por la princesa y mágicamente se convierte en príncipe, no; pero hace alusión. Y cabe que destacar que aquí lo adapto, pobremente, al formato escrito: en realidad este cuento es para contarse en vivo.

Cuenta la historia que una bella princesa se sentía inconforme con los príncipes que le declaraban amor. Todos ellos tenían bonitas intenciones; pero ella no quería bonitas intenciones, quería príncipes bonitos. En medio del dilema de tener que rechazar príncipes por no encontrar uno que cumpliera con sus estándares, recordó la historia de aquella rana que, siendo besada, se transformó en un hermoso príncipe con quien pudo construir su feliz para siempre. Así, la princesa, con la idea de encontrar una rana mágica, partió a las orillas más verdes del lago, en donde encontró, sin mucho buscar, un sapo.

"Sapo" le dijo la princesa "Sapito, mirá, ¿Vos sois de los que si yo te beso te transformáis en príncipe?"

El sapo, que no era bobo, le respondió "Sí, claro que sí, ¿No me veis?"

"Bueno sapito, te voy a dar un beso, pero te transformáis" Y la princesa, ante el asco que le producía el sapo: chiquito, verde, y feo; le lanzó un beso en el aire, sin mucho afán, pero al ver que no se transformaba le refutó "¿Qué pasa pues, sapito?"

"No, es que me besaste así en el aire fu fu, no, así no hay magia, así no hay transformación. Tenéis que besarme de verdad"

" 'ta bien sapito. Te voy a besar. Pero te transformáis" Y la princesa, esta vez, lo besa, no sin arrugar el rostro producto del asco.

Pero el sapito no se transformó.


"¿'tonces sapito? ¿Qué pasó?" Reprochó la princesa.


"No, mujer. Me besaste feo, sin ganas, sin cariño. Como si yo fuera una cosa chiquita, verde y fea..." dijo el sapo, luego reflexionó y continuó "bueno, sí, soy chiquito, verde y feo. Pero tenéis que besarme con cariño, con amor, porque sin amor no hay magia. Sin amor no hay transformación" Sentenció el sapo.

Con tal sentencia la princesa se dispuso a imaginar que besaría cualquier otra cosa, cualquier hermoso actor de cine, y lo besó: con pasión, amor y lujuria.


Pero el sapo no se transformó.


Se transformó la princesa, codiciosa, en una mosca que el sapo, hambriento, de un lenguetazo, comió.




Aníbal Rodríguez, hace no mucho, sufrió de un ACV; aún anda en la dirección de cultura de la Universidad del Zulia, y sus cuentos todavía hacen eco en nosotros, los que aprendimos de él.

Este cuento lo pueden escuchar en la BPZ, usualmente, a eso de las 10 de la mañana. Es uno de los cuentos que más disfruto narrar.

Nota: la imágen es un still de la película La Princesa y el Sapo, útima adaptación de Disney del cuento ya citado. El trailer aquí.

domingo, junio 14, 2009

El hombre y la piedra I

El hombre se sentó junto a la piedra y le preguntó su nombre. La piedra, naturalmente, no respondió.

- Yo sé, yo sé – le dijo el hombre – te llamas piedra. Pero te llamas piedra sólo porque nosotros te llamamos piedra. No te puedes llamar piedra en español, rock en inglés, pierre en francés y quién sabe qué otros miles de nombres en otras miles de lenguas. No, ese es el nombre que te pusimos nosotros – le explicaba el hombre agitando las manos – pero no puede ser el nombre verdadero.
- … - La piedra permanecía inmutable.
- Está bien, está bien. Si no quieres responder no respondas – le dijo el hombre – mi nombre es Juan. Juan Augusto. Mucho gusto, jeje. Sí, porque hace rima, Augusto, gusto… en fin – explicaba mientras miraba a la piedra -, verá, es complicado hablar con usted si no sé su nombre. Yo sé que tiene usted una costumbre, una tradición más bien, por no hablar con nosotros los que, bueno, nos movemos. ¿No podría hacer una excepción –insistía el hombre – y decirme su nombre?
- …- Y la piedra permanecía ahí.
- Está bien, piedra, rock, pierre o quién sabe qué nombre. Me quedaré por aquí como usted, si no le molesta. Pero desde ahora olvide que me llamo Juan. Me quedaré aquí, con usted, como usted, pues, sin nombre.
- …- Seguía la piedra.
- …- respiró el hombre.

domingo, marzo 22, 2009

La manzana.




Al comer una manzana, si observas tus dedos con detenimiento notarás que, en lo que llaman “la huella dactilar”, hay una serie de pliegues. Eva piensa, mientras deja el corazón de la manzana en el suelo, que se parecen a las líneas que el viento forma en la arena de los desiertos.

Eva también me dice que hay muchas posibilidades en esas líneas. Cuando ella me dice esto mi mente explora, inicialmente, las infinitas posibilidades del tacto, y entonces quiero tocar a Eva. Pero ella me orienta y me dice que piense en los desiertos. ¿Es, acaso, la arena el gran dedo del mundo? ¿Tiene tacto? ¿Queda mi cuerpo marcado en su memoria, a pesar de que el viento lo borre? O quizá pueda ser que Dios, al moldear el mundo, dejó su huella ahí, tal como es inevitable que nosotros dejemos una huella al jugar con plastilina. Yo le digo que es el paso del tiempo, entonces, tal como los árboles lo tienen en las líneas de sus troncos.

De cualquier manera, a ella siempre le ha gustado morder ese tacto del mundo, esa huella de Dios, ese anagrama del tiempo. Ese día ella haría lo mismo que el tiempo, que Dios y que el desierto.

Mordía, lentamente, tres pliegues de sus huellas dactilares.

Tres… y sólo tres.


Suponemos que de alguna manera Eva lo sabía. Que estuvo esperando ese momento toda la mañana. Que Eva estaría sentada en su sillón bañado por la matutina luz que entraba por las ventanas junto a la puerta de entrada de su casa. Sabemos, era tanta luz que el interior de la casa se pintaba de blancos, y ella, Eva, sencillamente brillaba. Era toda fulgor mientras mordía sus delicados dedos, toda resplandor mientras escarbaba el tiempo, toda rutilante mientras veía televisión.

Eva apagó la televisión, pero no dejó de morder sus dedos. Fue al baño, bajó sus bragas, orinó, aspiró el olor de su cuerpo, entrecerró los ojos y siguió mordiendo sus dedos. Bajó el retrete y no supo si volver a ponerse el pantalón, las pantaletas; el pantalón sin las pantaletas, las pantaletas sin el pantalón; quedarse desnuda. Resolvió por ponerse sólo las pantaletas. Volvió al sofá, pero esta vez ella no prendió el televisor. Estaba mirando a la puerta de su casa, como si supiera que pronto llegaría. Mordía sus dedos, y sonreía.

Eva estaría seguramente emocionada, podría llegar en cualquier momento. Por ahí, por la puerta, entre las dos ventanas que bañaban todo de una quietud blancuzca. Pero ella no sabría ser paciente y se levantaría de nuevo al baño, a rascarse, a la cocina, a traer una galleta, a sentarse en el sillón. Eva come la galleta, traga saliva, y muerde sus dedos.
Podría no venir….

Podría no estar preparada para cuando llegue…

Y cuando llegue ¿Qué hará Eva?
¿Sabrá qué hacer?

Eva se levanta a buscar un vaso de agua.

***

Tocan la puerta.

Eva se detiene, mira la puerta, sigue su camino hacia la cocina y muerde sus dedos. Muerde sus dedos y busca un vaso, se le cae el vaso y tocan la puerta, muerde sus dedos y busca otro vaso tocan la puerta sirve el agua tocan la puerta tiembla y toma agua. Muerde sus dedos. Eva muerde sus dedos.

Vuelve al sofá, se acurruca. Se abraza las piernas. Mira la puerta. Muerde sus dedos. Si yo estuviera ahí podría decirle a Eva que lo olvide, que lo deje para otro momento, que ahora no puede. Porque Eva no está notando lo lindo que se mueven las cortinas de sus ventanas, empapadas de blancura. No, Eva solo puede ver la puerta.

Eva grita.

Eva rompe su garganta.

A Eva le siguen tocando la puerta.

Eva se levanta y yo tengo miedo. Tú tienes miedo, Eva tiene miedo. Eva abre la puerta.

- Silencio, sólo hay un gran silencio- Dice ella

Ante la negrura que hay en la puerta Eva deja de morder sus dedos.

Tu lo verías, yo también. La puerta abierta no muestra más que una negrura absoluta, como si una cortina de ébano hubiese sido puesta ahí para contrastar con toda la blancura de la casa, de Eva, de los mordiscos. Yo no hubiese sabido que hacer, ni tú tampoco, pero Eva sabía exactamente qué hacer.

Eva pensaba que los desiertos guardaban la memoria del mundo, y que sus dedos eran los desiertos de su cuerpo, donde nadie vivía. Pero ella quería a sus dedos, acostumbraba a pasearlos por su cuerpo: su cuello y hombros, brazos y manos, senos y abdomen, vientre y sexo, piernas y rodillas, pies y deditos de los pies. Eva apreciaba mucho su cuerpo, y apreciaba que sus dedos pasearan cariñosamente por él. Entonces, ante la negrura, ella dejó de llorar. Se quitó la ropa, con su brazo izquierdo tapó sus senos, con su mano derecha tapó su sexo.

Y con su boca mordió la cortina negra.


Carlos J. Díaz

jueves, febrero 19, 2009

Gris


Fotografía: Alanclimb

Bosque que crece en el agua.
Agua serena,
agua calma.

Cuando despierto no hay reloj, ni nada que indique la hora. La luz que entra por mi ventana me dice que es de mañana, seguramente cerca del medio día. Digamos, las 10 con 57 minutos. Veo el celular, son las 10 con 54.

Entonces me levanto y rompo el espejo. Un solo golpe seco y los vidrios, ahora estrellas, hacen un concierto irregular.

Vivo sola, así que no me preocupa lo que puedan pensar los demás. De todas formas, están fuera de la casa, y nadie puede verdaderamente entrar en mi casa.

Alguna vez quise que entraran en mi casa. Abría la puerta de par en par como el corazón de una virgen de 15 años, pero las dejé de abrir a la séptima vez que me robaron todo lo que había en la casa. Supe que las cosas estaban mal – realmente mal- una vez que me había acostumbrado a la idea de reequipar mi casa, una y otra vez. Hasta se me hacía atractiva la idea de ir de compras, este mueble marrón, esta cortina roja; esta alfombra seguro se sentirá bien bajo mis pies. Sí, cerca de la quinta o la sexta restauración, más o menos, empecé a cerrar la puerta.

Ya terminé de vestirme. Frente a mí se levanta un lienzo vacío. Siempre ha estado ahí, es el lienzo de mi cuarto.

Me siento a contemplar el lienzo, recuerdo al muchacho. Hace dos años conocí a un muchacho. Era mitad hombre, mitad imaginación mía. Con el tiempo se volvió mitad hombre, mitad repetición de lo que ya yo había vivido. Cuando me di cuenta de esto metí mis manos en sus bolsillos y saqué un relojito plateado que lo hacía, a él, mitad algo. Desde entonces es sólo un hombre, y también se fue de mi casa.

Sonrío, esta vez fui yo la que robé.

Ya estoy manejando hacia la universidad. Cinturón bien puesto, reproductor sonando (a duras penas), el desastre usual de cosas que se quedan en mi auto, la camisa de un amigo, retrovisor. Por el retrovisor lo noto. El lienzo está en el asiento trasero de mi camionetita. Yo no lo puse ahí, nadie lo hizo. Miro mi mano sangrante, miro al lienzo. No, definitivamente no fui yo. Entonces ¿quién pudo haber sido?

A este punto no importa. Ya me estoy estacionando. Camino, los veo. Ellos me hacen, me construyen, me llenan. Es que siempre he estado sola, de alguna manera u otra. Pero ahora están ellos, los que me dan libre permiso de ser yo y hablar de cualquier cosa. Cualquier cosa.

Cualquier cosa.

Pero no entran en mi casa.

Después de un rato de gozar de interacción social, lo noto. Ahí está el lienzo. Parado frente a nosotros. Sin embargo, parezco ser la única que lo nota. Me levanté y me acerqué a la misteriosa tela, ahora montada en su caballete, pero ni así mis amigos pudieron ver el lienzo. Es más, parecía que mientras más me acercaba a él, también a mí me iban dejando de ver.

Me alejé del lienzo, y de mis amigos. Me monté en el carro y me fui a mi casa. Debo estar en mi casa.

Debo estar ahí.

Llego a mi casa, abro la puerta. Sobresalto: Mi casa está llena.

Todas las personas que alguna vez he conocido están ahí. Todas. Incluso él, y cuando lo veo, empieza a arder el reloj en mi bolsillo. Me está quemando. Y el lienzo, ahí, en el centro.

Entonces hice lo único posible, lo más inteligente, lo más racional. Intenté eliminar mis dos problemas. Lancé el reloj hacia el lienzo, con toda mi fuerza.

Pero el lienzo se lo tragó.

Ahora en su tela blanca aparecía la imagen de un reloj ardiente, todo descolorido, añejado, podrido. El tiempo empezaba a oler mal.

Me arrodillé, la imagen cobra vida.

El reloj empieza a tic tac y la pintura se empieza a correr. El lienzo sangra, el reloj sangra. Pintura, pintura. Hermosos colores que todos al mismo tiempo se pudren, pudren, y salen del lienzo.

Ahogan la sala.

Ahogan mi casa.

Los ahogan a todos.

Me ahogan.

Cuando juegas con plastilina, si unes varios colores, siempre queda el gris. Muerto gris. La verdad es que, incluso si no intentas unirlos, al jugar con varios colores, siempre queda el gris, y nunca se puede volver a los colores que lo originaron.

Así, mi casa nunca fue la misma.

Carlos J. Díaz
*Kaze

viernes, noviembre 28, 2008

Dance, dance, dance.



Bailo con dos, una desnuda y otra velada. La una de piel azul manchada de pintura de cielo, la otra con plumas secretas entre las telas. Bailo en ellas en el borde del precipicio. Y primero bailaba con la otra, en ese precipicio, sin miedo a la caída. Pero la una, que veía el baile desde un lugar seguro, quiso entrar al juego. Y bailamos: la una y un cuervo en su hombro, la otra con una promesa en su pecho; y yo: espiralado.

Luego de poco tiempo de bailar quedamos como quedamos: la una desnuda me halaba hacia el precipicio sonriente, la otra velada me alaba hacia la colina segura; la una desnuda me decía que todo estaría bien en la nada, la otra velada se mantenía callada con su mirada angustiada; la una me invitaba a la negrura, la otra me invitaba a descansar.

Mi decisión fue influenciada por las cosas que sucedieron luego. Halado por las dos, y alado por mí mismo, cerré los ojos y los abrí. Así se vio detrás de la una desnuda y detrás de la otra velada: con la una me esperaban las nubes y nieblas indescifrables e indecibles, con la otra me esperaba, ahora que la veo, una puerta enorme. Entonces decidí.

Carlos J. Díaz
“Kaze”

Imagen de Rene Magritte

miércoles, octubre 22, 2008

El paseo de los gatos.




Hace un tiempo fui publicado en un libro electrónico o e-book, que recoge una colección de cuentos breves de varias partes del mundo (o de los que se enteraron del concurso) El libro se llama "Literatura Comprimida"2008.
El cuento es el siguiente:


El paseo de los gatos.

Los gatitos de mi casa, esa hembra siamesa y ese callejero naranja, decidieron dar unas vueltas por el patio a revisar que cosa nueva había parido la vida. Tocaban con el aire, con el aire tocaban las cosas. Nada olía a nuevo, o todo olía a nuevo. A pesar de que ese paseito ya lo habían hecho todos los días anteriores, curiosearon por el patio viviendo el mundo. Se sentaban de vez en cuando a respirar vida y mirar. Meditaban cual budistas absortos en los horizontes. Despiertos, mis gatitos volvieron a la alfombra que reposa frente a la nevera, entonces se mezclaron a dormir juntos, soñando quizá con qué nuevos paseos en el patio.

Entonces, en un cuarto de mi casa, los imitamos.


Aquel que esté interesado en el libro, contácteme.

Carlos J. Díaz
Kaze

lunes, octubre 20, 2008

La luna en el agua 02

Y en el bambú

Un viejo cortador de bambú se encuentra, entre bambúes y un resplandor extraño, a una niña hermosa. Se la lleva a su casa y, con su pareja, llega al acuerdo que llamarla Kaguya Hime.
La niña crece, y de ser hermosa, pasa a ser una belleza mítica, plateada, como fuera de este mundo. Con tal belleza era de esperarse de que tuviera muchos pretendientes, pero Kaguya Hime no estuvo interesada en ninguno de ellos. Tal fue su desinterés que, a los cinco más persistentes, les puso pruebas imposibles de superar. Todos fallaron. Sin embargo, tal fama de belleza inalcanzable llegó al oído del emperador, el cual fue a comprobar con sus propios ojos la verdad de este rumor.

Ni el mismísimo emperador pudo resistirse a los encantos de Kaguya Hime.

Luego se reveló la razón por la que Kaguya Hime no aceptaba ningún pretendiente. Resultó ser hija de la luna, que bajó a la tierra a cumplir una penitencia y, ya pasado el tiempo, debía volver.

Esto entristeció al viejo y, mucho más, al emperador, el cual hizo lo posible por impedir el traslado de la princesa lunar a su verdadero hogar. Mas todo fue en vano. Luego de dejarle una pastilla para la vida eterna a sus padres terrenales, y una carta al emperador, Kaguya Hime partió a la luna para nunca más volver.

Sus padres no querían ser eternos sin su hija, así que le dieron la pastilla al emperador. Éste, tampoco interesado en el bien de la vida eterna sin Kaguya, quemó la píldora, junto con una carta de respuesta para la princesa, en la cima del monte Fuji, el lugar más cercano a la luna en Japón. Desde entonces se puede ver un hilo de humo que asciende desde el monte a la luna, las palabras eternas del amor del emperador por Kaguya.

Este cuento, lo sabrán muchos, no es mío. Lo he reescrito – mala maña de cuenta cuentos – para que lo pudieran leer en el blog. Aun así, a los más interesados, les dejo links en donde pueden encontrar una versión en inglés y una versión en español del mismo cuento.

Aquí en inglés
Aquí en español

Se trata de Kaguya Hime, o "La hija del cortador de bambú": uno de los cuentos más representativos del folklore japonés, y data del siglo X. Tiene relación con otro cuento llamado Banzhu Guniang, así como con millones de referencias en el cine, en la literatura, en los videojuegos y en el manga. ¿Cómo no ha de tener relación, si todo en la luna es espejo?

La verdad es que me he encontrado con el cuento en el libro “Mi nombre es Sei Shônagon” de Jan Blensdorf, el cual retrata una interesante estampa del país del sol naciente.
Más sobre la luna y Japón, y sobre lo que la luna tiene la costumbre de traer en las noches, pueden encontrar en el blog Margen del Yodo, de Aurelio Asiain.

Finalmente, les dice este loco que a veces le habla a la luna, no le envíen tantos mensajes, tantas cartas quemadas en altos montes… ella escucha mientras menos se le habla.


The Bamboo Princess by ~flightless-angel on deviantART


Carlos J. Díaz
Kaze