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sábado, marzo 19, 2011

El hombre, la piedra y el abandono

Cierto lamentable día el hombre se tuvo que ir: consiguió algo que le dijeron que estaba buscando en una parte insospechada pero, según le dijeron, completamente obvia y conveniente para sus nuevos fines. Esto, le avisaron, hizo muy feliz al hombre; pero el hombre no quería partir así por así, sin despedirse de la piedra. Así que fue y se despidió, con un pesado sentir de culpa.

- Adiós, piedra – dijo el hombre soltando una lagrimita.
- …- respondió la piedra.

Y partió el hombre.

Pasaron meses, pero el hombre jamás dejó de pensar en la piedra. ¿Qué luz vespertina la estaría coloreando esta mañana nocturna? ¿Cómo se sentiría? ¿Cómo estaría cayéndole el abandono en el cual él, mal hombre, la había sumergido por buscar un éxito personal? No soportó más, y volvió a donde estaba su piedra.

Al llegar, la fue a ver sin más.

- ¡He vuelto, piedra!
- … - respondió la piedra.

Esto dejó perplejo al hombre: la piedra seguía igual, en el mismo lugar, sin ningún atisbo de cambio, de dolor, de envejecimiento siquiera. No lo extrañó para nada. Puede él existir o no existir, irse y morir, y la piedra seguirá estando ahí, dando la misma respuesta.

Ante este pensamiento, el hombre no pudo evitarlo, se sintió abandonado. Y así, alegremente, se abandonó a sí.

sábado, noviembre 14, 2009

El hombre, la piedra y la decisión.

El hombre con sombrero salió una noche a buscar a su piedra, pero se encontró con una sorpresa: ahora había dos piedras. Quería hablarle a la piedra pero ¿A cuál piedra le hablaría? ¿Cuál de las dos sería, de hecho, su piedra? Entonces tuvo que decidir: le hablaría a la piedra, o le hablaría a la piedra. Pensó y pensó, luego pensó un poco más y decidió.

- Buenos días doña Piedra ¿Qué tal le va? – Le preguntó el hombre al espejo.

.ojepse le ne ardeip al óidnopser -…-





Carlos J. Díaz
*kaze



Nota: Recuerda ésta a ésta entrada

viernes, octubre 23, 2009

El hombre, la piedra y el bloqueo

"Quiero escribir pero me sale espuma" le dijo el hombre a la piedra, con un cuadernito muy feo en una mano y un lápiz en la otra. "¿Será que necesito una posición más de escritor?"

Entonces el hombre adoptó una pose más de escritor, tal como él los veía: mirada lánguida que mira la profundidad del mar en un cuadrito de 30 x 30 colgado en la pared, preparado para escribir los versos más tristes sobre tristes tigres en un trigal de espejos esta noche en un lugar de la manchada vida de cuyo nombre, dice, no quiere acordarse. Entonces se dispuso a escribir.

Luego intentó escribir.

Finalmente trabajó en escribir un poco más.

Pero nada.

Volvió a su piedra, y le dijo: "Quiero escribir, pero me salen piedras"

Entonces la piedra escribió El Ulises en tres puntos imaginarios que se desvanecieron en el aire.

lunes, septiembre 07, 2009

El hombre, la piedra y el chisme.


La foto es de Rocabola, en Deviantart



Una piedra parece decirle a la otra piedra que la piedra de al lado le dijo piedra a la piedra. En eso el hombre entra en plena silente discusión y aporta, que la piedra no le debió haber dicho piedra a la piedra, pero que la piedra hizo mal al irse con el chisme a la piedra afectada, en vez de reclamarle a la piedra que en un principio le dijo piedra a la piedra.

Pero la piedra tranquilamente le explicó al hombre: ...


Entonces el hombre entendió, que las piedras no hablan.

lunes, agosto 24, 2009

El hombre y la piedra V

El hombre, la piedra y la rana



Ya llevaba rato el hombre sentado, pacíficamente, junto a la piedra, cuando una rana llegó dando brincos desordenados y se sentó junto a ellos. A la piedra parecía no importarle, pero el hombre estaba bastante incomodado por la presencia de la rana. A pesar de esto, el hombre no dijo nada; se quedó esperando a que pasara el mundo.

Entonces la rana croó, el hombre la miró, y la piedra siguió ahí. El hombre se paró, la rana se fue dando sus mismos brincos, y la piedra no hizo nada.

- ¿Y usted se va a quedar así? ¿Tan tranquila? ¿Después de lo que dijo esa, esa, esa rana? – Inquirió, furioso, el hombre - ¿Va a dejar que se vaya habiendo dicho tales sandeces sobre usted?

La piedra no dijo nada. Estaba blanca, con polvito, gramita, y grietas que la paciencia seguramente había hecho en ella con el paso de los siglos.

- No puedo soportarlo. ¡No soporto la injusticia! Esa rana envidiosa ¡verde de envidia! Por eso dice lo que dice; – espetaba el hombre moviendo mucho las manos - por eso croa como, pues, sí, como rana. Como una rana verde de envidia. Prefiero las amarillas, o las venenosas, esas al menos van directo al grano, sueltan su veneno y ya. No andan croando y saltando por ahí.

Al decir esto el hombre se vuelve hacia la piedra, la observa, la toma alzándola hasta la altura de su cara y le pregunta de nuevo:

- ¿Pero es que en serio no hará nada después de tales insultos, señora piedra?

Pero la piedra no dijo nada, y justo cuando el hombre estaba a punto de devolver a la piedra a su lugar, se dio cuenta de que, debajo de la piedra, descansaban los huesos de algún animalito, quizá un anfibio, pájaro, anfibio que se convirtió en pájaro o viceversa. Entonces el hombre dejó a la piedra en el suelo, al lado del cadáver.

- Ya entendí, señora piedra –dijo el hombre con una sonrisa - ¿Por qué se preocuparía usted? Hagan los que hagan las ranas, los animales, los hombres; será siempre usted la que termine sobre nosotros.

Finalmente el hombre escribió en la panza de un pingüino: “Al saltar, será que la rana cree que el mundo se aparta de ella, pero es ella quien, en cada brinco, se aparta del mundo.” Con lo que el pingüino llevó tal importante pensamiento al excelentísimo círculo de pensadores del polo sur.

jueves, julio 02, 2009

El hombre y la piedra IV

El hombre había descubierto que la piedra estaba justo en el medio de una línea fronteriza. Preocupado por los problemas burocráticos, pragmáticos y políticos que esto podría traer a la piedra fue a tratar de convencerla de que se moviera.

- Señora piedra, preocupado por usted vengo a tratar de convencerla de que se mueva, porque el lugar donde está puede suponer para usted terribles vicisitudes pragmáticas, políticas y burocráticas; y a usted nunca le ha ido muy bien con el papel. Así que, para su bienestar, le recomiendo que se mueva, un poquito más allá, o un poquito más acá; a donde usted quiera, pero que se mueva.

La piedra, evidentemente, no se movió.

- Me lo suponía, señora piedra, -dijo el hombre- que usted sería como mi abuela, que nunca quiso moverse de su casa a pesar de la millonada que le daban por ella. Imagínese usted, no quererse mudar por el simple hecho de mantener recuerdos. Las paredes están muertas, son de piedra, ¿no?- inquirió el hombre a la piedra, con vergüenza, por lo que acababa de decir. Entonces trató de remendar. – Lo que pasa, señora piedra, es que una vez puestas en la pared, ustedes como que se mueren. En cambio, puestas ahí, donde está usted, está como más viva. Más en lo suyo, pues. En su ambiente. El problema es que ese ambiente es controversial, y podrían terminar moviéndola, a otro lugar, a una pared, por ejemplo. ¿Ve señora piedra? Tiene que moverse.

Pero la piedra seguía sin moverse.

- Ni modo. Tendré que resolver yo, como siempre.

Entonces el hombre se levantó, buscó en su casa un par de latas de pintura, fue donde la piedra y pintó la mitad que estaba en su nación del color de la nación; luego pasó la línea, dejó unas monedas en el suelo a modo de peaje, y pintó la otra mitad de la piedra con los colores de la nación vecina. Cuando hubo terminado volvió a cruzar la línea, no sin pagar peaje, y se sentó junto a la mitad de la piedra de su nación.

- Creo que la llamaré Berlín.
- …- Refutó la piedra.

miércoles, junio 24, 2009

El hombre y la piedra III



En pleno sol la piedra parece tomar un descanso cuando el hombre llega. Éste, resuelto, se sienta junto a ella. Todo está blanco, muy blanco. Como si al cielo se le hubiera derramado la témpera blanca sobre la tierra. Así de blanco.

- Usted está muy blanca hoy, señora piedra. Casi no la puedo ver – dijo el hombre viendo, con ojos entornados, la blancura que se desprendía de la piedra. También observa todo su entorno. - La verdad es que no es sólo usted. Todo está blanco. Muy blanco. Como si al sol se le ocurriera, de repente, a pleno día, prender todas las luces.

Luego de mucho observar a la piedra, al mundo, a las dos cosas que no tenían punto divisorio, lo entendió.

- Ya lo entendí, señora piedra. Usted es blanca. Muy blanca, hasta que apagan la luz.

Entonces, el hombre, al levantarse e irse, apagó la luz; pero no terminó de irse. Se volvió hacia la oscuridad, caminó, tanteó un poco, y se sentó junto a la piedra negra a comer un repentino ponquecito.

- Usted está muy negra hoy, señora piedra.

miércoles, junio 17, 2009

El hombre y la piedra II

A grandes amigos que aprenden por experiencia ajena.




En la noche, el hombre volvió al peñasco.

- Se aprende mejor por la experiencia ajena, Sra. Piedra, así que hagamos esto – dijo el hombre mientras se quitaba el sombrero, se agachaba, tomaba la piedra, y la lanzaba al mar. Entonces, cuando la piedra no fue más que un chapoteo, el hombre gritó - ¡Cuénteme, Sra. Piedra ¿Qué tal se siente el mar?!

- … - Informó la piedra.

domingo, junio 14, 2009

El hombre y la piedra I

El hombre se sentó junto a la piedra y le preguntó su nombre. La piedra, naturalmente, no respondió.

- Yo sé, yo sé – le dijo el hombre – te llamas piedra. Pero te llamas piedra sólo porque nosotros te llamamos piedra. No te puedes llamar piedra en español, rock en inglés, pierre en francés y quién sabe qué otros miles de nombres en otras miles de lenguas. No, ese es el nombre que te pusimos nosotros – le explicaba el hombre agitando las manos – pero no puede ser el nombre verdadero.
- … - La piedra permanecía inmutable.
- Está bien, está bien. Si no quieres responder no respondas – le dijo el hombre – mi nombre es Juan. Juan Augusto. Mucho gusto, jeje. Sí, porque hace rima, Augusto, gusto… en fin – explicaba mientras miraba a la piedra -, verá, es complicado hablar con usted si no sé su nombre. Yo sé que tiene usted una costumbre, una tradición más bien, por no hablar con nosotros los que, bueno, nos movemos. ¿No podría hacer una excepción –insistía el hombre – y decirme su nombre?
- …- Y la piedra permanecía ahí.
- Está bien, piedra, rock, pierre o quién sabe qué nombre. Me quedaré por aquí como usted, si no le molesta. Pero desde ahora olvide que me llamo Juan. Me quedaré aquí, con usted, como usted, pues, sin nombre.
- …- Seguía la piedra.
- …- respiró el hombre.

domingo, junio 07, 2009

El hombre y la piedra (y el pingüino)







De la serie "El hombre y la piedra"


- Que no puedo darle de mi comida, señor pingüino – dijo el hombre en la tina, comiendo su hamburguesa – es mía, y tengo mucha hambre.

El pingüino observaba, con mirada de perrito regañado, al hombre en su tina. No se bañaba, para él el agua estaba en extremo caliente, sólo quería un mordisquito de la comida que el hombre comía en su tina. Uno solo, de hamburguesa, de papas; hasta un sorbo de la bebida sería bueno. O al menos eso pensaba el hombre, que en su tina, rehusaba de la propuesta hecha por los ojos del pingüino y decía:

- No me mire así. Además, esta hamburguesa es de carne, no de pescado. Usted come pescado, no carne, y aquí no hay ningún pescado. Sólo usted y yo, y la comida claro. – Pero el pingüino no se movía. Finalmente el hombre sucumbió ante la mirada del pingüino y dijo – oiga, hagamos algo. No le puedo dar hamburguesa, porque es pequeña y tengo mucha hambre. Pero puedo darle un poco de papas fritas.

Feliz, el pingüino se acercó a las papas. Picoteó una que otra papa, y luego se fue, dejando al hombre sólo en su tina, con los dientes adoloridos, por intentar comer una piedra.

Carlos J. Díaz
Kaze